Todo este viaje nació en Madrid, donde me hice muy amigo de un actor neocelandés y juntos empezamos a planear un cortometraje. La idea era filmarlo en el desierto de Marruecos, a bordo de una combi, un delirio total (ríe)... Finalmente el proyecto se pinchó, yo me volví a Buenos Aires, pero la idea del desierto quedó dándome vueltas en la cabeza y apenas pude me fui para allá”, comienza diciendo Tomás, a quien el plan fallido le permitió conocer por primera vez las profundidades de Marruecos, un país tan atractivo como desafiante. “Al haber salido de España, lo primero que te impacta es el contraste de la frontera. El lado marroquí es un caos increíble, filas de autos viejos cargados hasta el tope con todo tipo de mercaderías: gallinas, colchones, electrodomésticos, lo que se te ocurra”, cuenta y agrega: “Si al principio se percibe cierta atemporalidad, esa impresión se va profundizando con el correr de los días”.
El muchacho eligió para sí un periplo con un objetivo unívoco: el sur. Fue así que tras un largo trayecto en micro arribó a Ouarzazate, parada esencial del Marruecos meridional. Conocida como la “ciudad silenciosa”, esta antigua posta de guarnición para las tropas extranjeras está enclavada en una zona sumamente rica en agua, dátiles y paisajes. Dicha conjunción, de hecho, le permitió ser la elegida de grandes directores de cine como David Lean (filmó allí Lawrence de Arabia), Martin Scorsese (La última tentación de Cristo) y Bernardo Bertolucci (Un té en el Sahara). “Cuando salís un poco de la ciudad te das de cara con unos estudios de cine inmensos. ¿Ves?, ahí podríamos haber hecho parte del corto”, ríe resignado. La parada, en todo caso, le sirvió para aprovisionarse con los necesarios pertrechos para el camino: la ‘chilaba’, típica túnica del desierto y el infaltable turbante. “Ahí cometí el primer error del viaje ya que lo elegí negro, un color no muy apropiado para combatir el calor”. Por suerte, el muchacho viajó durante el invierno marroquí, momento en que las temperaturas se mantienen “bajas”, en un promedio de 25°C. Luego de su paso por el zoco (mercado) del lugar, Tomás se dispuso a conocer Ait Ben Haddou, una de las casbahs mejor conservadas de todo Marruecos. Situada a 33 km de Ouarzazate, esta antigua fortaleza islámica se destaca por la abundante vegetación que la circunda y que le imprime una apariencia única. “Es como un oasis enorme, pero repleto de esos edificios típicos, altísimos y de muy pocas ventanas. Cada uno de ellos está pensado para detener el calor y la arena y la verdad es que lo hacen muy bien. Entrás y te olvidás de que estás en el desierto”, recuerda.
Algo diferente en cuanto a su panorámica, la vecina casbah de Taourirt tiene a su vez una belleza monumental, sustentada en sus elevadas y señoriales almenas (torres). Yendo más al sudeste, hacia la frontera con Argelia, se erige por su parte la casbah de Zagora, conocida como “la puerta del desierto” y una de las últimas postas para adentrarse en el profundo sur. “En ese momento, decidí que tenía que seguir viaje a Merzouga, un sitio del que me habían hablado bastante”, cuenta. Situado casi en la frontera con Argelia, este minúsculo pueblo es famoso por sus inmensas y desérticas dunas. El viajero puede optar allí por una serie de excursiones dirigidas por los primigenios habitantes: los bereberes. Si bien en un principio el nombre que los define tuvo connotaciones peyorativas (el término procede del latín “barbarus”), hoy en día sirve como genérico que identifica a los habitantes de África del Norte, beduinos y harto conocedores de la zona. “La experiencia de cruzar con ellos el desierto es increíble. Si bien no son muy comunicativos, se encargan de que nunca te falte nada. Por las noches arman las ‘jaimas’ (grandes carpas artesanales) y ahí mismo preparan la comida. Lo mejor: la ‘pizza bereber’, una masa rellena de carne y verduras que los muchachos entierran debajo de un fuego. A la hora de comerla no le queda ni un solo granito de arena, increíble”. Sobre los camellos, exclusivo transporte de la travesía, dice: “Te rompen el coxis, son todos de una sola joroba y cualquier movimiento brusco te parte. Igual son re-panchos, no se arrebatan demasiado”. Compartiendo algo de ese espíritu despreocupado, Tomás recuerda que allí pasó Navidad y Año Nuevo: “Había un par de turistas españoles e italianos y brindamos con moruno (té con hojas de menta) y salieron unas guitarreadas. Igual, te aseguro que estando allá, en medio de semejante paisaje, en lo último que pensé era en esas dos fechas”, remata.
|