"Bueno, te preguntarás por qué te he citado aquí…”, comienza diciendo Ricardo, en una muestra instantánea y contundente de que el humor, su marca registrada, no tiene fecha de vencimiento. Las dudas se orientaban a que La señal, no sólo representa su debut como director (y primera película del proyecto Pampa Films, del productor Pablo Bossi) sino que es el legado que su amigo, Eduardo Mignogna, le dejó en suerte luego de su sorpresiva muerte en octubre de 2006. Pocos meses antes, para colmo, ya lo había abandonado otro compañero de ruta, el director de El Aura, Fabian Bielinsky. “No sé si tuve miedo de perder la sonrisa, pero sí me di cuenta de que hay determinados sucesos que te apagan mucho. Yo siempre encaré la vida con una suerte de alegría que a muchos le habrá parecido estúpida. Lo que pasa es que como soy tremendamente pesimista, no me quedó más remedio que ser positivo. Estoy convencido de que las cosas van a ser cada vez peor, y por eso mismo, necesito rescatar lo ‘bueno’ de lo que ocurre a mi alrededor. En realidad, hago lo que puedo”, concluye. Si bien cuenta que el pase al otro lado de la cámara figuraba entre sus planes y propuestas, admite que fueron aquellas circunstancias especiales las responsables de tamaña decisión: “Cuando sucedió lo de Eduardo, todos quedamos en un estado de shock tal que no había mucho margen para pensar. De todos modos, tuve la suerte de que él me convocase desde el comienzo de la idea, por lo que no me sentí un extraño, ni un usurpador”.
-A partir de ahora, ¿habrá que hacerse la idea de un Darín director?
-No lo sé… Acá había un proyecto muy sólido, un camino ya allanado…
-Pero más allá de los proyectos, ¿cómo te imaginás dentro de unos años?
-Con un parripollo, una gran panza, un vaso de vino en la mano y siendo crítico de cine (ríe).
-¿Ah sí?. ¿Cómo calificás a La señal entonces?
-(Ya sin sonrisa) Me parece que es una película más que digna. ¿Puntaje? Nah, los números son algo caprichosos, no van conmigo. Es como cuando dos amigos están poniéndole puntajes a las mujeres -cosa que yo nunca hago (ríe)- y haciéndose el gracioso, uno le dice al otro: “después de las 4 de la mañana, esa mina es un ocho”. Habría que preguntarle: “¿Y vos, qué puntaje sos a esa hora?” (risas).
-¿En tu vida, te atrapó alguna vez la idea de una “señal”?
-Sí, creo que la vida suele ponerte indicios por delante, aunque nosotros los pasemos por alto. Creo en esas cosas, sobre todo por mi viejo, que era bastante esotérico. Si bien no me quita el sueño, muchas veces me quedo pensando: “qué raro, esta es la cuarta vez en el día que veo el número 46…”.
-Otro tema muy presente en la película es la amistad -altamente incondicional- entre los dos protagonistas. ¿Te motiva que tus amigos te puedan ver así?
-(Piensa) A ver, digámoslo así: no me motiva, directamente no funciono de otra manera. Y no es que con esto me quiera hacer el ángel, pero cuando se trata de amigos no me mido, no especulo.
-¿Cuánto afectó a tu vida personal la decisión de hacerte cargo de la dirección de esta película?
-Uff, mucho… Yo suelo consultar todo con mi mujer, confío mucho en su criterio y visión. Los libros que me llegan, de hecho, primero pasan por ella. Si ella lo terminó de leer, y no le veo ese brillito en los ojos, me parece que ya está todo dicho. Cuando apareció este proyecto, su consejo fue simple: “tené en cuenta que es mucho, pero mucho, trabajo”. Y tenía razón. Hacer una película te transforma, te convierte en un enfermo obsesivo que no puede mirar hacia otro lugar. Y eso, obviamente, resiente mucho las relaciones. Recién ahora, con algo más de tiempo, estamos intentando salir de esa zona de heridas…
-A su manera, la película toca de cerca la infidelidad. ¿Cómo te llevás con ese tema?
-¿Cómo me llevo?, no sé cómo contestar eso… Me parece que hay muchas infidelidades posibles, están las que pretenden ser cancheras y solapadas (aunque nunca lo son) y están las más complicadas, las que tienen que ver con una traición a uno mismo.
-¿Perdonarías una infidelidad de ese primer tipo?
-Lo he hecho (silencio breve). He sido infiel, ¿cómo no voy a perdonar una infidelidad?. De todas formas, no tengo una mirada condenatoria -ni mucho menos exculpatoria- al respecto.
-Ricardo, todos hablan de tu talento, de tu capacidad para representarnos y para llenar salas. ¿No tenés miedo de convertirte en un Maradona del espectáculo?
-(Piensa) Te voy a responder -salvando las enormes distancias- con una frase de la película: “Me parece que es un poco tarde para eso”. Lamentablemente, por más que yo patalee y trate de desmitificarme a cada rato, hay un terreno en el que las cosas se manejan de esa forma. Este medio tiene, como muchos otros ámbitos, una tendencia a que ocupes un determinado casillero y siempre habrá gente dispuesta a decirte: “sos el número uno”. Yo no creo en nada de eso, me parece que las ideas y los proyectos son los que convocan.
-¿Se relaciona ese rechazo al culto del actor con tu pública decepción frente a la noche de los Oscar?
-Sí, si bien me han criticado mucho por esa postura, creo que de verdad están todos muy enfermos ahí. Ya de por sí, nosotros vivimos en una especie de sub-realidad en un mundo que es poderosamente cruel con la mayor parte de sus habitantes. Si a eso le sumamos que hay un grupúsculo que está convencido de que la vida se desarrolla a bordo de un Rolls Royce, me parece que estamos todos mal. Sin hacerme el bolchevique, me conmueve mucho más el festival de La Habana, donde van 750.000 personas, apasionadas de ver cine, que todo el brillo de Cannes o los Oscar.