Nota de tapa: Paloma Herrera
  “Siempre viví a destiempo”  
 

A los 31 años, convertida en una de las bailarinas con mayor proyección mundial, Paloma Herrera repasa su llegada al American Ballet Theatre, habla de su solitaria adolescencia en Nueva York, de los renunciamientos y elecciones que la convirtieron en primera figura y del noviazgo a distancia que mantiene actualmente con un abogado argentino cinco años mayor.

 
 
 

Apenas llega a la entrevista es fácil adivinar por qué logró en su carrera hitos que sólo algunos pueden siquiera soñar. Es puntual, detallista al extremo y dueña de una voluntad que se contrapone a todas luces con su figura esbelta, espigada, casi frágil. Será por eso que no le costó casi nada adaptarse, siendo todavía una nena, a las exigentes rutinas del Teatro Colón, primero; y a las del American Ballet Theatre, después. En esa compañía, donde fue admitida cuando recién promediaba quince años, fue incluso donde obtuvo uno de los logros más significativos de su trayectoria: consagrarse como la primera bailarina más joven en toda su historia. Después vendrían reconocimientos tales como el de figurar entre los treinta artistas que cambiarán las artes en las próximas tres décadas, ser declarada personalidad destacada de la Ciudad de Buenos Aires o votada como uno de los diez bailarines del siglo por la revista Dance Magazine.

Sin embargo, ella insistirá en que no son estas menciones, ni el hecho de ser famosa, lo que la motiva a seguir, sino su inmenso amor por la danza, esa pasión a la que se abrazó cuando tenía siete años y que aún hoy continúa signando el devenir de sus días.

Claro que en ese esquema, y a los 31 años, también hay tiempo para Fernando, su novio, un abogado argentino de 36 años con el que sale desde hace poco más de un año y medio, y con el que unen las distancias que los separan a través de constantes viajes entre Buenos Aires y Nueva York -ciudad donde Paloma vive desde hace diecisiés años- e innumerables llamados telefónicos. “Mi plata se va toda en viajes y teléfono”, dirá asumiendo el peso de los kilómetros que la alejan del lugar que la vio nacer y al que regresa, al menos una vez al año, para pasar por su querido Teatro Colón (“casi una segunda casa para mí”, confiesa) y mostrarnos porqué el mundo se ha rendido a sus pies.

-Elegiste una carrera donde la disciplina y el respeto por las rutinas de trabajo son fundamentales, además de los ensayos y las presentaciones. De todo eso, ¿qué es lo que más disfrutás hacer?
-Todo. Amo estar arriba del escenario, pero me encanta también el trabajo diario, que por ahí es lo que el público no ve. Los ensayos, las clases, sobre todo las que uno hace desde que empezó, que es lo básico.

-¿Qué sensaciones tenés cuando hacés un repaso de los logros que obtuviste a lo largo de tu carrera?
-Nunca le di mucha importancia a los premios, siempre quise ser bailarina porque amo lo que hago y soy consciente de que soy súper afortunada por eso, pero yo no quise ser bailarina para ganar premios, salir en las revistas o ser famosa. Eso vino después, no era mi objetivo.

-Imagino también que en alguna circunstancia debés haber recibido críticas negativas, ¿te costó manejarlo?
-No, desde muy chica aprendí que uno no puede gustarle a todo el mundo. No todos reciben de la misma manera lo que vos hacés. Yo doy el ciento por ciento de mí, pero jamás sentí que por eso debiera agradarle a todos, ni lo pretendo.

-Si tuvieras que hacer un repaso de tu vida, ¿qué perdiste y qué ganaste a lo largo de todos estos años dedicados al ballet?
-Soy completamente consciente de que no tuve una vida normal. De chica, por ejemplo, jamás fui a un cumpleaños. Las clases de danza eran después del colegio y todo el mundo festejaba los cumpleaños y yo no podía ir.

-¿Ni siquiera faltabas por ir a un cumpleaños?
-¡De ninguna manera! No podía. Yo no faltaba a mis clases ni loca. Y si tuviera que volver a elegir, haría exactamente lo mismo. Sé que no tuve una infancia y una adolescencia común y corriente. A los 15 años, mientras mis amigas estaban acá, yo estaba afuera, viviendo sola, hablando otro idioma.

-¿Tampoco tuviste tu propio cumpleaños de 15?
-No, ya estaba en Nueva York, así que no tuve la típica fiesta de 15.

-¿Al menos ibas a bailar?
-De chica jamás. Y de grande tampoco.

-¿Y cuál sería tu salida ideal?
-Me gusta ir al cine, al teatro, a conciertos. Y como viajo muchísimo, aprovecho lo que me ofrece cada ciudad. Llego a un lugar y lo primero que hago es salir corriendo a pasear, a investigar. No soy la típica bailarina que se queda en una burbuja y piensa que todo pasa por una zapatilla y nada más. Adoro mi profesión, pero sé que hay mucho más y trato de disfrutarlo para después poder brindarlo en el escenario.

-¿Llegaste a terminar el colegio?
-Hice hasta tercer año y después, cuando me fui a vivir a Nueva York, empecé a cursar en una escuela argentina en Queens, donde di algunos exámenes libres, pero de todas formas me quedaron materias pendientes que daré alguna vez.

-¿Cómo fue vivir sola desde tan chica?
-Los primeros tres años estuve con una familia amiga de mis padres que para mí son como una especie de papás postizos. Había llegado a Nueva York por seis meses, para perfeccionarme, pero estando allá me enteré que el American Ballet Theatre abría sus audiciones y yo pensé: argentina, 15 años, no me van a tomar nunca, entonces me presenté. Para mí el sólo hecho de poder estar ahí era un sueño. Al día siguiente me tenía que volver a Buenos Aires, y cuando me presento para audicionar me eligen. Fue muy loco. Pero enseguida dije que sí, firmé el contrato y llamé a mi casa para avisarles a mis papás que me quedaba.

-Y a los 19 años ya eras primera bailarina...
-Sí.

-Todo a fuerza de mucho sacrificio...
-Es que yo no siento que hayan sido sacrificios. Yo estaba feliz, fue mi decisión, mis padres jamás me presionaron. Es más, siempre me decían que si quería volver, lo hiciera.

-Y en cuanto a la dieta, ¿tenías restricciones?
-Siempre fui de comer muy sano, sobre todo desde que empecé a bailar profesionalmente, que es cuando empezás a tomar más conciencia de los cuidados que tenés que tener. Yo no tomo alcohol, hago ejercicios, y eso ayuda muchísimo. Pero para mí no es un esfuerzo, estoy acostumbrada. Hace mil que no como un chocolate ni helados. Me encanta lo que como y me hace sentir bien, y sé que si me saliera de la dieta no podría rendir.

-Más allá de los cuidados que tenés con respecto a tu dieta, ¿hacés algún tratamiento de belleza?
-Lo único que me hago religiosamente cada semana son masajes. Pero fundamentalmente para cuidar los músculos, para ayudar a mi físico, que es mi herramienta de trabajo. Pero jamás me compro ropa y no me hago nada en el pelo, salvo cortarme las puntas de vez en cuando.

-Leí en un reportaje que le das bastante importancia al cuidado de los pies...
-Sí, porque las zapatillas de punta los deterioran un poco, así que una vez por semana les hago un tratamiento para que estén lo más presentables posible.

-O sea que de usar sandalias ni hablar...
-No mucho, y cuando me quieren sacar fotos descalza digo que no. Es que los pies de bailarina son maravillosos con las zapatillas de punta, sin eso tal vez no se vean tan lindos. Así que ando por la vida siempre con mis zapatillas, o con zapatitos.

-Actualmente estás de novia con un argentino, ¿cómo es vivir un noviazgo a la distancia?
-Hace un año y medio que estamos juntos y la verdad es que lo llevamos bastante bien, aunque no puedo negarte que la distancia es todo un tema. Mi plata se va toda en viajes y teléfono. Yo viajo muchísimo los fines de semana y él también, así que nos vemos seguido. Lo principal es que soy feliz. No creo en eso de estar con alguien por estar, porque me conviene o me queda cómodo, si estoy con alguien es porque realmente estoy a full, y así estamos. Esta es nuestra vida, ahora tenemos que buscarle la vuelta, pero lo venimos manejando bien.

-¿Tienen planes de casarse?
-Por ahora no. Vivimos el día a día. Además, yo nunca fui de esas personas que se guían por lo que hacen los demás. Jamás hice lo que se debe hacer.

-¿Pero no fantaseás con el hecho de formar una familia?
-Jamás proyecté nada, siempre viví el presente, desde chica. En mi vida todo fue muy poco calculado.

-¿La maternidad no es incompatible con seguir bailando?
-No, hay muchas bailarinas que tienen hijos y siguen bailando. Solamente tenés que retirarte, pero no por completo. Podés seguir tomando tus clases aunque no hagas funciones.

-¿Ese sería el único motivo por el que te alejarías al menos un tiempo de los escenarios?

-Sí, seguramente sí.

-Hay bailarines que sostienen que hay un momento en que hay que dar un paso al costado, ¿qué pensás al respecto?
-Creo que es así, pero cada uno conoce sus propios tiempos. No creo que haya una edad determinada para retirarse.

-¿Te preocupa que llegue ese momento?
-No, para nada, quizá porque no tengo nada pendiente.

-¿Cómo imaginás tu vida una vez que te retires?
-No lo sé. Trato de aprovechar mi carrera a un ciento por ciento y no me guío por lo que se debe hacer. En un momento sentí que tenía como 40 años, porque a los 19 ya era primera bailarina, súper conocida, vivía en mi departamento, y la gente de mi edad estaba en otra. Siento que siempre viví a destiempo, tanto en la vida como en el amor. Sin duda, mi vida fue completamente diferente a la del resto.

 
 
  Autor: Gabriela Semmartín .
  Estilismo: Matilda Blanco.
  Foto: Gustavo Saiegh.
  Maquilló: Georgina Serafini para Vero Momenti con productos L’ Oréal.
  Peinó: Chino Burgos.
  Agradecimiento: Tienda Palacio. (Sillas).
 
 
 
No tuve una vida normal. De chica jamás
fui a un cumpleaños. Las clases de danza eran después del colegio y todo el mundo festejaba y yo no podía ir”.
 
 
No soy la típica bailarina que se queda
en una burbuja y piensa que todo pasa
por una zapatilla y nada más. Adoro mi profesión, pero sé que hay mucho más”.
 
 
 
Publicación semanal de Editorial Perfil S.A. © Copyright 2007. Revista LUZ. Todos los derechos reservados.