Una brisa calurosa entremezclada con granitos de arena, roza las pirámides egipcias, mientras un beduino le da de beber a su camello en medio de un paradisíaco oasis. Sin duda, esa es una de las imágenes que se proyectan en la mente de cada uno cuando imaginamos una soñada visita a Egipto, país que conserva vestigios de faraones, griegos, romanos, árabes y británicos que alguna vez pusieron sus pies allí para tratar de dominar este fabuloso emplazamiento milenario. La reconocida bailarina Cecilia Figaredo tuvo la gran fortuna de visitar, en dos oportunidades, la tierra de Cleopatra para presentar junto a Julio Bocca y al Ballet Argentino, sus preciados pas de deux.
“Lo que más me impresionó de la ciudad de El Cairo fue el caos vehicular. La mayoría de los autos están todos chocados, no hay semáforos, ni reglas viales, de esta forma se vuelve casi imposible cruzar la calle”, describe la bailarina, que está de gira por el interior del país presentando Adiós Hermano Cruel.
La capital de Egipto tiene una población cercana a los 16 millones de habitantes. Caminar por las calles de la metrópoli le brinda al visitante la posibilidad de encontrar autos de última generación y edificios ultramodernos, junto a beduinos que cargan cabras, en el entorno imponente de enormes y antiquísimas mezquitas. En el centro de la ciudad, en tanto, se sitúa el gran mercado Hana Halili, donde se pueden adquirir originales artesanías, coquetos pañuelos, brillantes fundas de almohadones y suntuosas alhajas de plata. “Los pasillos son muy angostos y todos los puestos están muy pegados. Pero descubrís artículos maravillosos. Me quise comprar todo”, relata Cecilia.
Pero, aunque hay mucho para ver, es tiempo de abandonar el centro de la gran ciudad ubicada a orillas del larguísimo Nilo y dirigirse a las afueras. En Gizah, poblado en donde se erigen las tres pirámides y la famosa Gran Esfinge. Keops, Kefrén y Micerinos son parte del selecto grupo que componen las siete maravillas del mundo. La mayor y más famosa de estas construcciones es Keops, que tiene una altura de 137 m aproximadamente y se calcula que fue construida en el 2570 a. C. para albergar la tumba de la cuarta dinastía de faraones del mismo nombre. “El viaje hacia Gizah es precioso: de golpe desaparece la ciudad y comienzan a asomarse en medio del desierto estas espléndidas construcciones”, describe la artista. Luego de realizar el paseo dentro de una de las pirámides hasta llegar al sarcófago -sepulcro que ahora se encuentra vacío- fue el momento de visitar al vigía del emplazamiento egipcio: La Gran Esfinge. Con 72 m de altura y según cuentan, erigida en homenaje al faraón Kefrén, observa con su nariz rota la inmensidad del desierto y las costas del Nilo. “Me impactó mucho su posición, el tamaño y la vista de las pirámides desde este increíble monumento. Me sentí dentro de un libro de historia de la escuela primaria”, cuenta la bailarina sorprendida.
Pero no todo fue disfrute y goce en las tierras egipcias. Una noche, luego de bailar en la ciudad de Alejandría, la compañía de ballet tuvo que atravesar el desierto del Sahara para llegar a El Cairo. Cerca de las tres de la mañana, el micro con el cual transitaban estos oscuros y solitarios caminos tuvo una avería. “El chofer, egipcio, por supuesto, nos miró; agarró una almohada y se fue a dormir al portaequipaje. Nosotros no sabíamos qué hacer. ¡Estábamos en medio del desierto muertos de frío! Entonces llamamos con el celular a nuestro manager -Lino Patalano- y nos envió unas combis para que nos rescataran”, relata risueña esta desafortunada anécdota.
El viaje continuó con paseos en camello, visitas al Museo de Arte Egipcio, exitosas funciones en teatro y sabrosa comida árabe. Cecilia disfrutó al máximo y, por segunda vez en su vida, de este tiempo soñado. Pero, sin titubeos, señala que no ve el momento de regresar a este lugar mágico y repleto de energía. “Además, tengo que volver a saludar a mi amiga la esfinge”, bromea. - |